Los últimos días


      Ya no tintinean mis llaves avisando de mi llegada al aula, pues ya las entregué. Ya no silbo, pero voy musitando ecos de conversaciones que quise mantener y no pude, o aquella frase que podría haver dicho como réplica a la injusticia pero la prudencia no la dejó nacer. No son días alegres; hay lágrimas de compañeros que inician su partida y, en general, los semblantes reflejan mucho agotamiento.
Es un mes terminal en una escuela terminal, tocada por el cáncer del ego y los caprichos personales convertidos en doctrina. Recojo mis cosas y me parece mentira cuánto material acumulo para mis clases: un motor de explosión, circuitos eléctricos, libros de arte, cómics, mi silla de oficina, tres pothos (epipremnum aureum) sedientos, una vid seca decorativa, un microscopio, una tableta gráfica, carpetas de materiales didácticos, la grabadora digital, mi cámara de fotos, mis ordenadores, mi caja de herramientas de supervivencia, mi estuche repleto de plumas, tintas y rotuladores... es lo que tiene el desahucio, sobre todo cuando ya habías apostado que esta era la escuela en la que te ibas a jubilar y te encuentras atrapado por el síndrome de Diógenes.

Hago limpieza del aula y recojo rastros de mis alumnos: fichas, dibujos, notas... ¡hasta exámenes! Anais se dejó conscientemente su caja autobiográfica; ella, como siempre me hace ver de una manera u otra cuándo la estoy pifiando. Fue un ejercicio patinazo que no repetiré nunca más porque me dolió mucho ver los apuros e incomodidades de algunos removiendo en sus vidas.
Alejandro el bello, cómo no, se dejó su libro de matemáticas, Aitana su álbum, algún otro su chaqueta... hago lo posible por recordar sus sonrisas para mitigar la dureza del cambio de escuela, cosa que me provoca tanta ilusión como miedo. Siempre me he preguntado cómo pueden sobrevivir psicológica y profesionalmente sanos esos docentes que se han pasado la mayor parte de su vida laboral encerrados en un mismo colegio.

Me cruzo con Nil, un alumno de cuarto curso: " Yo quería que tú hubieras sido mi maestro el año que viene", me dice. Le respondo con una sonrisa, y para quitarle al chasco un poco de hierro, farfullo una fórmula coloquial tan chorra que ni recuerdo. Como él hay muchos que han sabido apreciar mi trabajo y anhelaban tenerme de tutor. La fama de inventor-artista loco me persigue y los niños sueñan con formar parte de mi ejército de hechiceros. Paradojas.

Me voy desenchufando lentamente, limpiando mis carpetas del servidor, acabando la maldita memoria de curso que nadie leerá y borrando fotos de mis alumnos, que ya disfrutan en la playa o en la piscina. Me asalta la nostalgia al ver imágenes de cuando los acogí en quinto ¡qué pequeños eran! Viendo sus caras retorno a mi infancia por unos momentos y me veo con su edad en el cole. Entonces le doy a la tecla Supr con cierto malestar y pienso que una parte de mí se muere también en esta acción. Me prometo ser mejor maestro el curso que viene. Creo que no lo he hecho mal, pero siempre me asalta la duda de si he estado a la altura de cada uno de ellos y de sus situaciones y acabo por pensar que a muchos les he fallado o defraudado. Soy consciente de que para algunos he sido el padre. El agua de mar lo curará todo. O casi.


Acabo este post en mi aula, ya vacía y silenciosa. No veo a mis niños por ningún lado y parece que de un momento a otro entrará Uriel, acalorado y jadeante, preguntando  "qué toca ahora" o a Jenny asediándome con sus ocurrencias descacharrantes. Ya no entrarán más Genís y Pol atropellando a los otros ni recibiré más quejas sobre Albert. David y Marina ya no serán mi guardia pretoriana, ni Anais mi maduro puntal y mi inspiración. No disfrutaré más con el talento de Júlia y sus escritos, ni continuaré recibiendo las críticas y correcciones de Marc. La ausencia de la increible sonrisa de Ruth, la silenciosa, y el cese del cascabeleo alegre de Aitana, la bailarina contorsionista, hacen de la clase un lugar más triste e inóspito.
Ya no podré recurrir a Marta para resolver mis dudas sobre pronunciación en lengua catalana ni podré consolar a Jennifer cuando le asalten los miedos. No escucharé más las descollantes intervenciones de Gerard y su pozo de ocurrencias "documentadas" en Youtube. Dejaré de preocuparme por el bienestar de Naiara y de preguntarme por la distancia involuntaria e incomprensible de Nídia. Tampoco cantaré más Payaso de J. Solís  "por Falete" con Daniel y Ángel, los dos gitanos más salaos del cole:

Payaso, 
soy un triste payaso 
que oculto mi fracaso 
con risas y alegria 
que me llenan de espanto 

Payaso, 
soy un triste payaso 
que en medio de la noche 
me pierdo en la penumbra 
con mi risa y mi llanto 

No puedo... 
soportar mi careta.
Ante el mundo estoy riendo 
y dentro de mi pecho 
mi corazon sufriendo.

Son las doce y media. Sopla la marinada y entra un tanto furiosa por la ventana, volteando papeles y recordándome que aún tengo que quitar de la puerta de mi armario el horario de clase y algunos dibujos de alumnos agradecidos.
El silencio y los recuerdos se hacen insoportables. La presencia de las ausencias duele. Creo que he tenido suerte de ver cómo les estallaba la adolescencia, convirtiendo a muchas en mujeres y a algunos en hombres de envergadura intimidatoria. Eso es uno de los regalos de la profesión.

Os quiero mucho. Buen viaje.



Los últimos días Los últimos días Reviewed by Manel Guzmán on 3:27:00 Rating: 5

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